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  • EL CINTURÓN DEL HAMBRE

La frontera entre la vida y la muerte

El agua es la vida, pues su ausencia significa la muerte para toda forma de vida.  En África se encuentra el desierto más grande del mundo, el Sáhara, en cuyos límites se encuentra la franja del Sahel, una extensión de territorio que abarca ocho de los países más pobres de la Tierra. Al Sur del Sahel la vida comienza a ser posible, pero es todavía frágil y vulnerable, pues el agua es escasa y cualquier retraso en la llegada de las lluvias puede arruinar las cosechas de mijo, judías o cacahuetes con las que la población trata de sobrevivir, causando una más de las periódicas hambrunas que caracterizan esta zona del mundo. Los hombres, mujeres y niños que allí viven están sometidos a unas condiciones climáticas extremas, en las que  tormentas de arena engullen los pequeños poblados durante días o semanas, o los someten a temperaturas de más 45º a la sombra.

Pero son los niños quienes más padecen por las extremas condiciones climáticas y de pobreza en esa zona del mundo que es frontera entre la vida y la muerte. Siendo esa la situación en la que ellos mismos se encuentran por causa de la desnutrición y las enfermedades que se ceban particularmente en ellos, precisamente por ser los más débiles ante condiciones de vida tan duras como aquellas, al Sur del Sahel, en el Cinturón del Hambre que cruza África de costa a costa.

El hambre no perdona

Una guerra silenciosa mata a niños, mujeres y hombres todos los días. Es el hambre que, en pleno siglo XXI, sigue siendo causa de sufrimiento y horror para millones de personas en todo el mundo. Se estima que cada dos segundos un niño muere en algún lugar por causas que podrían haberse evitado, generalmente enfermedades asociadas a la desnutrición y/o la malnutrición, como a la falta de agua potable y la ausencia de servicios de salud que pudieran atenderles. Es una vergüenza para todos nosotros que esto siga sucediendo, cuando contamos con los recursos, el conocimiento y la tecnología necesarios para evitarlo. Sin embargo, ocurre, todos los días, sin que hagamos lo suficiente por evitarlo.

Pero no es solo la muerte, sino las huellas que el hambre deja en aquellos que la han sufrido. Desde el momento de la concepción, cuando el milagro de la vida da comienzo, cada uno de nosotros quedamos dotados de un potencial genético que marcará los límites de nuestro desarrollo físico e intelectual. Pero cuando, durante el embarazo, la madre no tiene acceso a una alimentación adecuada, el desarrollo del nuevo ser resulta gravemente perjudicado. Si a esto se le añade que el niño tampoco dispone de suficiente alimento durante sus primeros años de vida, el resultado es que nunca alcanzará la talla física y el desarrollo intelectual para los que estaba dotado. Un déficit que le marcará de por vida, y no solo a ese adulto, sino también a sus hijos, pues esa persona tendrá menos posibilidades y capacidades para procurarles a ellos el alimento y los recursos que necesitarán para su propio desarrollo, por lo que la huella que dejó el hambre en esa persona se termina trasladando a su descendencia en un círculo vicioso que es preciso romper. Como también dejan una huella indeleble las secuelas de muchas de las enfermedades que estos niños contraen por causa de la desnutrición, y que arrastrarán toda su vida, o como deja huella en nuestra Conciencia el hecho de permitir que esto siga ocurriendo. Porque el hambre no perdona.

Las imágenes del olvido

Burkina Faso, el tercer país más pobre del mundo y el último en acceso a la educación, nos ofrece la imagen del Africa más profunda, aquella a la que no ha llegado el turismo, por lo que se nos muestra en toda su autenticidad y crudeza. La zona de trabajo de Bibir se sitúa en el territorio de los mossi, un pueblo bien conocido en África por su capacidad de superación y esfuerzo, que les lleva a ser muy apreciados como trabajadores en los países vecinos a los cuáles los varones sueñan con emigrar para poder, desde allí, sustentar a sus familias. Son hombres y mujeres acostumbrados a sufrir y trabajar muy duro por obtener un poco de alimento de las tierras resecas del sur del Sahel. A pesar de todo, como en todo el mundo, los niños sonríen. Ellos son nuestra esperanza, como BIBIR África lo es para muchos de ellos, como única posibilidad de que un médico les atienda cuando están enfermos o de acceder a la educación que les permita ganar por sí mismos un futuro mejor. Los rostros de estos niños, mujeres y hombres y de la tierra que habitan, hablan por sí solos.

Ser mujer en África

En todo el mundo, el papel de la mujer es fundamental para el desarrollo. Ellas son las responsables de la transmisión de los valores culturales a sus hijos y a las sucesivas generaciones, por lo que el efecto de los talleres de formación y capacitación impartidos a las mujeres tienen un enorme alcance e impacto en el desarrollo de sus comunidades. Cuando esa formación tiene que ver con el cuidado de los hijos, la higiene y la nutrición, la repercusión positiva sobre los niños es fácilmente observable. De igual forma, cuando conseguimos que los padres se convenzan de la importancia de escolarizar a sus hijas, y no solo a los niños varones, esto tiene un efecto enormemente favorable para ellas y sus familias.

Está probado que las mujeres que fueron escolarizadas retrasan su edad de matrimonio y espacian los nacimientos, reduciendo el número de hijos de la unidad familiar, con beneficiosos efectos para su propia salud y el mejor cuidado de sus hijos. Sin embargo, las tasas de escolarización de las niñas siguen siendo las más bajas del mundo en los países del Cinturón del Hambre. En África, además, se calcula que la mujer es responsable del 70% de la producción de alimentos o generación de ingresos en la economía informal, por lo que su papel es todavía más relevante para los proyectos de desarrollo que las ong llevamos a cabo en el continente. Su vida es dura, muy dura, y sus jornadas agotadoras, como podemos ver en el ejemplo de Rakéta Ouédraogo.